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 Mi vida en misión: un peregrinaje Minimizar
Ubicación: BlogsBlogs de Juan Stam    
Publicado por: juanstam 21/04/2015

Mi vida en misión: un peregrinaje[i]

Por Juan  Stam

 

 

Una vez un amigo comentó en broma que yo había nacido con una biblia entre las manos. De ser así, tendría que haber sido la Biblia de Referencia Scofield, abierta al libro de Apocalipsis. Cada verano una iglesia cercana promovía lo que llamaban “Pabellón Veranero”, al cual invitaban a muchos de los grandes maestros de la biblia, incluyendo a Harry Ironside, Carl Armerding, John Walvoord, y Alva McClain, todos dispensacionalistas tradicionales. Como por contagio, aprendí de estos santos un profundo amor a las escrituras y un deleite apasionado en el estudio de la biblia. Y esa misma pasión me llevó a descubrir que no toda tradición es necesariamente bíblica. He ahí el comienzo de mi aventura vitalicia con la exégesis bíblica crítica.

 

En 1945, durante mi último año de colegio, acompañé a mi padre a Costa Rica y Colombia. Este fue mi primer contacto con el Seminario Bíblico Latinoamericano (SBL), alrededor del cual giraría luego gran parte de mi vida. En Sincelejo, Colombia, escuché a Kenneth Strachan dar una serie de conferencias sobre el tema “La Encarnación de Jesucristo como Modelo para las Misiones y los Misioneros”.  Al poco tiempo olvidé las conferencias, pero el reto de la encarnación quedó permanentemente impregnado en mi mente y corazón.

 

Educación

 

Entré a Wheaton College en 1946 con planes de ser profesor de historia, pero un curso en  patrística cambió mi rumbo. Al estudiar la epistemología de San Agustín para una monografía, fui profundamente conmovido por el amor de San Agustín para con Dios, su teología de la gracia, y su visión integral y profundamente humana del conocimiento como amor a Dios con  nuestra mente, nuestra voluntad, y nuestras emociones.  “El verdadero filósofo” dijo, “es un enamorado de Dios”. A través de San Agustín, Dios me llamó a la teología y al ministerio—y años después, en una experiencia profundamente conmovedora, Dios me llamó, junto con mi prometida, Doris Emanuelson, a servir en América Latina.

 

Luego de completar mi bachillerato en historia (en 1950), llevé dos años de Nuevo Testamento en el programa de maestría de Wheaton, seguidos por dos años en el Seminario Fuller. Fuller me inspiró a esforzarme siempre por ser verdaderamente “evangélico,” ni fundamentalista, por un lado, ni liberal (à la Schleiermacher o Fosdick, ni Bultmann), por el otro. En Fuller afilé mis herramientas exegéticas, especialmente en las clases de George Ladd, un amigo por el cual siempre le daré gracias a Dios. A pesar de que algunos profesores me decepcionaban, los buenos me enseñaron a pensar evangélica y honestamente, sin prejuicios ni caricaturas. Hace unos años les rendí homenaje en un artículo titulado “Ética y Estética del Discurso Teológico”.[ii]

 

Así que Doris y yo llegamos a Costa Rica el 28 de diciembre de 1954, auspiciados por la Misión Latinoamericana. Llegamos con ciertas convicciones muy firmes, las cuales - fortalecidos a través del tiempo - nos han servido a lo largo de 60 años. Eran, primero que todo, un compromiso personal con Cristo como nuestro Señor, consecuentemente basado en una teología evangélica; segundo, la encarnación como modelo e inspiración para nuestra vida y misión; y tercero, un amor por las Escrituras y seriedad radical en su interpretación (exégesis). Con el respeto que se merecen la evangelización y la plantación de iglesias, nuestro objetivo no era tanto la conversión de católicos en protestantes, sino más bien la conversión de fundamentalistas a evangélicos.

 

Luego vino 1955 y el Instituto de Idiomas. Yo tuve bastante dificultad con el idioma español y cometía muchos errores ingenuos. En una tarde triste cerré con fuerza el libro de texto y le dije a Doris que no creía que Dios me hubiera llamado a la América Latina. Esa experiencia me enseñó que Dios puede usar a las personas con un único talento pequeño, siempre y cuando ese talento sea consagrado a su servicio y su gloria.

 

En aquellos años la misión hacía un gran esfuerzo por orientar a los nuevos misioneros en la cultura latinoamericana, enfatizando especialmente la “identificación” (encarnación). Recuerdo bien las charlas de Ken Strachan sobre Juan 1:14 (el Verbo-hecho-carne habitó entre nosotros), sobre Rut (“su pueblo será mi pueblo”), y sobre Moisés (que no se avergonzaba de identificarse con su pueblo oprimido). Con el fin de ayudarnos a Doris y a mí a identificarnos con nuestro nuevo “pueblo” antes de entrar como profesores a las aulas del seminario, la misión nos asignó una congregación rural compuesta mayormente por campesinos sencillos y humildes. Fui pastor de la iglesia madre, en Santa Cruz, más cinco pequeñas congregaciones adjuntas; algunas requerían pasar la noche, lo cual ofrecía mayor inmersión en el lenguaje y la cultura.

 

Nuestra estadía en Santa Cruz se acortó abruptamente por una necesidad urgente en el seminario, pero nuestros quince meses en congregaciones rurales nos habían enseñado más lecciones que diez años en cualquier otro lado. Ante todo, entablamos amistades cercanas con latinos y aprendimos a amar y admirar a los campesinos (y luego también a los indígenas). Junto al pueblo guanacasteco, aprendimos a apreciar su idioma y disfrutarlo al hablar. La experiencia también nos enseñó a vivir con más sencillez, hasta sin electricidad, baño interior, o agua corriente.

 

Santa Cruz, no lejos de la frontera sur de Nicaragua, tenía muchos refugiados nicaragüenses que habían huido de la dictadura sangrienta de Somoza. En un inicio, algunos de ellos nos trataban con recelo, como posibles “agentes gringos”, pero eventualmente comenzaron a compartir sus historias con nosotros. A pesar de sentir el dolor de las críticas de nuestro país de nacimiento, muy pronto nos dimos cuenta de lo poco que comprendíamos la realidad latinoamericana y de lo mucho que podríamos aprender al escuchar a los nacionales como iguales o, mejor todavía, superiores a nosotros. Nuestros contactos con estos refugiados cambiaron radicalmente nuestra perspectiva política y nos convirtieron para toda la vida en activistas por la justicia.

 

La Dinámica del Seminario

 

A inicios de 1957 fui asignado al Seminario Bíblico Latinoamericano como profesor de teología sistemática, así que Doris y yo regresemos a San José en marzo para empezar a enseñar. También desempeñábamos el rol de “padres” en la residencia estudiantil de varones. El seminario era un ministerio de la Misión Latinoamericana, caracterizada por lo que yo llamaría un fundamentalismo moderado e inteligente (que en esa época era la mejor alternativa al modernismo liberal). El legalismo rígido del Seminario prohibía las citas y noviazgos entre estudiantes, y la dominación casi total de misioneros en el seminario creó considerable alienación por todos lados, bloqueó transformación necesaria, y provocó frecuentes problemas. A mediados de los ’50 una nueva generación de misioneros-profesores comenzamos a enfrentar estos retos con mucha seriedad.

 

Nuestro grupo luchó largo y fuerte, con muchos debates y "memos" entre la facultad. Para mediados de los ’60, la facultad había llegado a un acuerdo estableciendo que los estudiantes que tuvieran buenas calificaciones y estuvieran al día con sus tareas, podrían salir en citas siempre y cuando les avisaran a los encargados de la residencia y estuvieran de vuelta para las 10 p.m. Al comunicar estas buenas noticias a los estudiantes, les avisé también del castigo por el incumplimiento: estudiantes que salieran sin la debida aprobación serían castigados con dos semanas de “restricción total” (solamente podrían salir de su habitación para las comidas, clases y capilla). No obstante, en lugar de agradecernos por esta supuesta victoria de los derechos estudiantiles, para mi desconcierto, los estudiantes respondieron con mucho enojo. Al día siguiente un estudiante llegó a mi oficina para explicarme el problema: al anunciar de antemano el castigo, los estaba amenazando y ofendiendo su dignidad.  Si no los hubiera amenazado, cualquier castigo habría sido más aceptable.  Siempre agradeceré este ejemplo de lo que los misioneros podemos (y debemos) aprender de nuestras hermanas y hermanos latinoamericanos.

 

El asunto de la disciplina estudiantil se complicaba por el hecho de que todos los líderes del seminario eran norteamericanos. Las reuniones del cuerpo docente eran en inglés, las comunicaciones  eran en inglés, y orábamos y conversábamos en inglés. Recuerdo que un día tuve que hacer una diligencia en el consulado de los Estados Unidos y, como era usual, tuve la consciencia de que una vez adentro de ese edificio, conforme a las leyes internacionales de extraterritorialidad, técnicamente, yo había salido de Costa Rica y entrado a Estados Unidos. Luego, cuando caminé las pocas cuadras hacia el sur para llegar al Seminario y entré por sus puertas anchas, de repente reconocí que nuevamente estaba dando un paso que me sacaba de América Latina hacia a una región de extraterritorialidad cultural norteamericana.

 

La formación de un seminario genuinamente latinoamericano en su liderazgo, carácter, y pensamiento fue el sueño con el cual un grupo de nosotros se comprometió, a pesar de que un sector conservador del cuerpo docente sentía que era demasiado pronto para que los nacionales se hicieran cargo. El candidato más prominente a rector (presidente) del seminario era considerado demasiado joven para la tarea, y sin suficiente experiencia para ser “catapultado al poder”.  Una noche en que no pude conciliar el sueño, se me ocurrió una idea que podría romper el impasse. Teníamos un buen grupo de candidatos sumamente talentosos que perfectamente podrían ser profesores asistentes, aprendiendo así en la práctica y no solo con enseñanzas teóricas. A la mañana siguiente compartí mi idea con colegas simpatizantes, especialmente Ricardo e Irene Foulkes, y decidimos empezar proponiendo el plan a los mejores candidatos. Los Foulkes se acercaron a Hugo Zorrilla, y yo le hice la misma oferta a Victorio Araya en nuestra próxima caminata a las montañas cuando nos sentamos en un campo abierto en el Pico Tapezco al sur de San José. Este plan ayudó a cambiar la dinámica del profesorado, inauguró la tradición de asignar estudiantes-profesores, y ayudó a preparar el camino para un rector costarricense y, eventualmente, una identidad cultural netamente latinoamericana para el seminario.

 

Viviendo con la Revolución

 

Durante la década de los ’60 empecé a viajar con frecuencia a América Latina, especialmente a Venezuela, Colombia, y Perú, países que, a diferencia de Costa Rica, se encontraban inmersas en turbulencia revolucionaria. Durante un viaje a Venezuela, el estado de ánimo en Caracas, la capital, era explosivo, y mi charla sobre “Cristo y Marx” en la Universidad Nacional fue interrumpida cuando la mitad del público salió corriendo a participar en un encuentro violento justo afuera del aula. De ahí procedí a otra ciudad donde un importante instituto bíblico me había invitado a dar conferencias sobre teología contemporánea.  Al llegar, el director me previno que estaban saliendo dudas, por miedo a que el tema a discutir pudiera conducir al ecumenismo, y me pidió que por favor dijera únicamente lo malo sobre cada teólogo, debido a la inmadurez de los estudiantes. Yo le expliqué que mi metodología era presentar los pensamientos de cada teólogo de la manera más honesta posible, para luego mostrar su valor positivo y, finalmente, sus posibles errores y peligros.  Después de una de mis charlas, en la que un profesor expresó acusaciones inexactas sobre Karl Barth y yo le respondí con extensas citas textuales de sus escritos, el profesor replicó, “Si Barth realmente cree eso, sería mejor que no lo comparta en público porque la gente podría creer también otras de sus enseñanzas”. Felizmente, encontré madurez impresionante entre el estudiantado, ¡eran más maduros que sus profesores!

 

Un graduando de esa institución estaba en la prisión porque él y su esposa, bajo amenazas, habían servido desayuno a algunos guerrilleros. Cuando sugerí visitarlo en la cárcel, dijeron que sería un mal testimonio.  Por otro lado, un tema de debate en ese momento era si sería pecado o no que las mujeres se pintaran los labios.

 

En una carta fechada 27 de febrero de 1966, compartí estas experiencias inquietantes con José María Abreü, un venezolano recientemente graduado del SBL y colaborador cercano en nuestro movimiento de reforma: "Le pido a Dios valor para ser fiel a las escrituras, aun cuando no me conduzca por los senderos trillados de la tradición ortodoxa... Vuelvo aún más preocupado por el Seminario; creo que es tiempo para un nuevo paso adelante. El 12 de marzo me tocará dar un informe al cuerpo docente y voy a proponer cambios. Mándame tus sugerencias, por favor".

 

Nuestro grupo de “evangélicos progresistas” había estado insistiendo en que el seminario se definiera por un mayor compromiso social. Personalmente, Dios ya venía trabajando en mi consciencia a través de mi convicción sobre la encarnación, mi identificación con la teología evangélica radical que conocí en Fuller, y nuestra experiencia con campesinos y refugiados en el noroeste de Costa Rica, todos los cuales me prepararon para este momento.

 

En 1960, cuando heredé el curso llamado simplemente Marxismo, yo le cambié el nombre a “Iglesia y Mundo”.  Con el fin de analizar la reciente victoria de Fidel Castro en Cuba, invité a un amigo costarricense que además de evangélico era activista marxista del partido comunista. Luego, para la siguiente clase, invité a un pastor metodista cubano residente Costa Rica. En este curso, el cual impartí por varios años, cada estudiante escribía tres monografías: una sobre la situación política de su propio país, una sobre la situación socioeconómica del país, y una sobre la situación religiosa (espiritual). Una vez más, mis estudiantes resultaron ser mis mejores mentores.

 

Durante todo este periodo el libro de Richard Shaull titulado Encuentro con la revolución así como el acompañamiento constante de Victorio Araya, José María Abreü, Armando Vargas, y muchos otros amigos, me ayudaron a comprender estas experiencias y retos. Tanto en Costa Rica como en otros países, fui invitado con frecuencia a hablar sobre temas de “Fe y Realidad Latinoamericana”.  De igual manera, también empecé a marchar con los trabajadores cada Primero de Mayo (Día del Trabajo) y a participar activamente en Éxodo, un movimiento para la justicia social liderado por el obispo metodista Federico Pagura.

 

El Seminario se torna latinoamericano

 

A mediados de los ’60 estas experiencias fueron el enfoque de una visión mucho más amplia para el seminario. A mi regreso a San José luego del mencionado viaje, circulé un mensaje de dos partes, con fecha 17 de marzo de 1967,  tituladas, “¿Hacia dónde, SBL?” y “El SBL de los años ’70”. Predije que el futuro de la educación teológica evangélica en América  Latina sería decidido en los próximos cinco años e hice un llamado por un “gran salto hacia la excelencia” con el fin de posicionar nuestro seminario en el nivel académico de los mejores seminarios del continente. Durante el mes de abril desaté un aluvión de 20 memorándums (a veces dos en un mismo día) con títulos tales como “Año de radiografía crítica del SBL”, “SBL y ética social”, “Asuntos morales a mediados de los ’60”, y “Ortodoxia a mediados de los ’60”.  Mi iniciativa fue bien recibida por mis colegas, y empezaron a darse cambios significativos.

 

Pronto empezaron a unirse nuevos y brillantes profesores latinoamericanos al cuerpo docente y, en 1969, el seminario nombró su primer rector nacional. Además, el Seminario continuó empleando a los estudiantes de grado como profesores asistentes, con rango de docente. Más cursos requerían investigación y monografías en lugar de solamente discursos y exámenes. Al inicio de los años ’70, la dinámica central de la institución fue constituida por cursos tipo seminario, incluyendo trabajos escritos de los estudiantes, reactores asignados, e intensos debates con la participación de todos. El curso más estimulante era “La Biblia y los sistemas políticos” (1972), en parte como respuesta al reto de la teología de la liberación. Otro de estos cursos trataba justamente sobre esa teología, y otro, “Cultura negra y fe cristiana” (1973), fue enseñado con la colaboración de un distinguido joven novelista negro. El seminario “Teología de la esperanza” tenía un impacto especial sobre los estudiantes; otros seminarios trataban sobre la mujer en el pensamiento bíblico (el cual se convirtió luego en curso regular), Teilhard de Chardin, “Realidad costarricense y nuestra fe cristiana,” “Teología católica contemporánea,” “La Reforma Radical,” y “El Espíritu Santo y la teología pentecostal”.

 

Durante este período algunas de las tesis del grado de Licenciatura igualaban en calidad a aquellos de los mejores seminarios en cualquier parte del continente. Los estudiantes debatían los temas de las investigaciones de sus compañeros, y la defensa pública de una tesis era un evento importante para todos. El 27 de diciembre de 1972, le escribí a Oswaldo Motessi, "El momento más indescriptiblemente glorioso del año fue la defensa por Chema Abreü de su tesis. ¡GENIAL! La tesis fue una joya y la defensa electrificó al público. Cuando anunciamos que se ganó un 100 en la tesis y un 100 por la defensa, los compañeros lo alzaron y lo llevaron por todos lados. Celebramos una fiesta en el comedor y seguimos en el internado estudiantil. El día siguiente todos los graduandos y muchos profesores visitaron nuestra finquita y Chema nos habló sobre el proceso. Chema ha dejado una huella grande".

 

Por su parte, el brasileño José Pereira analizó para su tesis la campaña evangelística en Costa Rica de Luis Palau de 1972. Como parte de su investigación formó grupos de estudio bíblico, y pronto había nuevos convertidos conociendo a Cristo. Su tesis fue fascinante y creativa, pero por unas deficiencias técnicas y estilísticas, el jurado solamente le dio una calificación de 80. El público estaba molesto y gritaba, “El jurado le asigna un 80, pero el pueblo le da un 100”—y lo celebraron ¡como si hubiera pasado summa cum laude!

 

Renuncia al Seminario

 

Nuestros sueños para el futuro del seminario empezaban a concretarse en un grado significativo, pero nubes de tormenta oscurecían repetidamente el horizonte.  Un graduado antiguo, invitado a volver como profesor, se convirtió en enemigo y divulgó falsas acusaciones a lo largo del continente. Una brecha profunda separaba a los profesores conservadores y nuestro grupo “evangélico radical” que tomaba el liderazgo. Los primeros concentraron su ataque en la persona de Victorio Araya, sospechando que creía en el universalismo. La llegada de la teología de la liberación aumentó la división entre los que de alguna manera intentamos aprender algo de esta teología, y los que la rechazaron del todo y sospechaban de cualquier persona que no reaccionara igual que ellos.

 

La tensión era grave, consumía muchas horas, drenaba nuestra energía, y terminó en renuncias.  En 1974 me solicitaron redactar un documento titulado “Pluralidad y crítica en el SBL” el cual fue ratificado unánimemente por la el cuerpo docente. Yo argumentaba que, por tradición y convicción  (y hasta en su nombre), el Seminario Bíblico Latinoamericano era evangélico y bíblico. Nadie en el SBL, por ejemplo, negaría la resurrección corporal de Cristo. Dentro de esos parámetros, cada profesor tenía derecho a su propia posición político-ideológica y su perspectiva teológica. Si alguien tenía una crítica debía demostrar que fuera por una negación de las escrituras o del evangelio (¡ecos de Martín Lutero!) o de lo contrario, todos debíamos respetar el pluralismo evangélico de la institución. Lo que me asombra ahora es lo rápido que se olvidaron de esta decisión unánime.

 

A mediados de los ’70 llegó Hugo Assmann a Costa Rica y fundó el DEI (Departamento Ecuménico de Investigaciones). El Seminario había tenido algunos contactos positivos con Hugo y, junto a otros tres profesores del SBL, me uní al equipo del DEI y publiqué algunos artículos en sus volúmenes. En junio de 1978, Hugo y el equipo me solicitaron diseñar y editar el próximo libro del DEI. Escogí como tema "La lucha de los dioses" como el conflicto entre Yahvéh como Dios del éxodo y los circundantes ídolos de la opresión.

 

Para mi sorpresa, Hugo cuestionó mi propuesta, y pasamos un mes de intensos debates en las reuniones semanales del equipo. Un Dios que actúa en la historia, argumentaba Hugo, sería un Dios “intervencionista,” al igual que los imperialistas. Yo respondí que este era precisamente el mensaje del Evangelio y que negarlo nos colocaría en el deísmo. Para Hugo, toda alabanza, incluso la alabanza a Yahvéh, se inclinaba hacia la idolatría; yo contesté que el indefinible, impredecible, e inmanejable Yahvéh era el antídoto de tal idolatría, y cité la  Revelación como la abolición de la religión de Barth y el Ataque a la cristiandad de Kierkegaard.[iii] Para Hugo, Dios no puede ser un “actor sustituto” en la acción liberadora de los pobres mismos, a lo cual respondí, “Dios actúa para los pobres, con los pobres, y en los pobres, pero no en lugar de los pobres”. Para Hugo, Yahvéh es el dios que no hace nada; el dios real es el espíritu revolucionario del proletariado. Todo esto, dije, no sonaba a teología latinoamericana de la liberación sino más bien al liberalismo europeo.

 

Poco después de ese debate, Hugo (quien era un excelente cocinero) me invitó a cenar, junto con Georges Casalis. Hugo empezó a discutir diciendo que la iglesia en Costa Rica era una irrelevancia masiva y que nadie la transformaría jamás, ni tampoco la iglesia transformaría a Costa Rica. Si yo dejara de perder mi tiempo con la iglesia, propuso, podría publicar cuatro libros al año. El día siguiente presenté mi renuncia al DEI.

 

Entretanto, se estaban dando cambios grandes en el seminario, bastante influenciados por Hugo Assmann. Yo trataba de resistir, en las reuniones del cuerpo docente, comunicaciones y conversaciones, pero no encontré mucho apoyo. Colegas que pocos años antes habían endosado las convicciones históricas evangélicas de la institución ahora promovían lo contrario, no por medio de un debate serio teológico o ético sino por medio de una toma de poder organizada en los pasillos del DEI. A principios de 1980 Plutarco Bonilla renunció al seminario, y yo empecé a considerar la posibilidad de seguir también ese camino.

 

En octubre de 1980, cuando un coloquio de la facultad evaluó un excelente trabajo por Tom Hanks titulado “El Reino de Dios y los pobres,” el “reactor” designado ridiculizó los conceptos clásicos del pecado y la gracia como “el falso dilema de un Dios que puede hacerlo todo y el hombre que no puede hacer nada.” Por lo tanto, “en los recientes estudios exegéticos,” dijo, “las plagas de Egipto se entienden como acciones populares.” Cuando inició el período de discusión, planteé tres preguntas: la naturaleza de Dios, la salvación, y las Escrituras. Esperé respuestas, pero mis preguntas fueron ignoradas. Al finalizar, compartí que, si yo creyera en lo que mis colegas habían expresado esa noche, tendría que dejar el ministerio. Pronto presenté mi carta de renuncia, en la cual afirmaba que yo ya no podía aceptar los parámetros de conducta y doctrina del seminario.[iv]

 

Después de todos mis sueños para el seminario, este resultado fue (y es) profundamente doloroso, pero jamás he dudado de mi decisión de renunciar. Mientras que la credibilidad del seminario en círculos evangélicos y pentecostales declinó casi a cero, mi renuncia me liberó para un ministerio grandemente expandido a través de toda la América Latina y en Costa Rica. Las iglesias me invitaban como predicador especial, y los seminarios y universidades como profesor visitante. Tuve nexos especialmente cercanos con movimientos juveniles y grupos universitarios en toda América Latina.  Por mi carencia de respaldo institucional, los que me invitaban debían cubrir todos los gastos, y aun así las invitaciones seguían llegando.

 

Ministerio en Nicaragua y Cuba

 

En 1978, durante la insurrección Sandinista contra Somoza, ayudamos a conformar el Comité Ecuménico Pro-Refugiados y trabajamos duro para proveer comida, ropa, vivienda, trabajo, y documentos legales para cientos de nicaragüenses. Entablamos una amistad muy especial con los cristianos de la Comunidad de Solentiname, fundada por el poeta-sacerdote Ernesto Cardenal. También atendimos casas de seguridad Sandinistas, y pronto me solicitaron meditaciones semanales para los guerrilleros. Nuestras experiencias a través de esos años fueron muy emocionantes. En la década de los ’80 nuestros lazos con Nicaragua se profundizaron aún más, cuando me seleccionaron como presidente del Comité costarricense de Solidaridad con Nicaragua, y también cuando nos incorporamos al Seminario Bautista de Managua.

 

Aunque parezca extraño, un tema importante en la Nicaragua Sandinista era la interpretación de “Gog y Magog” en Apocalipsis 20, que la tradición dispensacionalista  identificaba como Rusia. Algunos misioneros y pastores afirmaban que Rusia (amigo de los Sandinistas) era el Anticristo, mientras que Estados Unidos (enemigo de los Sandinistas) era el mejor amigo de Israel y el instrumento de Dios para la bendición de todas las naciones. CEPAD, una agencia Cristiana de servicios sociales, organizó talleres sobre Apocalipsis en seis ciudades importantes. Cientos de personas aprendieron a comprender el Apocalipsis de un modo diferente, y sus mentes se abrieron a la reforma social. Asimismo acompañamos a grupos universitarios, ayudándolos a entender bíblicamente los cambios que estaban ocurriendo en su país.  Un grupo de estos discípulos, al graduarse de la escuela de medicina, en lugar de perseguir carreras médicas, fundaron Acción Médica Cristiana, con la cual hemos cooperado a través de los años.

 

Nuestra labor en Nicaragua pronto abrió también puertas a Cuba. En una ocasión, la embajada cubana en Nicaragua me pidió viajar a La Habana para explicarles a los líderes del partido algunos términos extraños que con frecuencia confrontaban, tales como “el milenio”, “el rapto pre-tribulación”, “Gog y Magog,” “la ramera,” entre otros (¡nuevamente esa Biblia Scofield!). En 2002, en una reunión en La Habana de teólogos latinoamericanos, Fidel Castro nos invitó a una conversación bien tarde en la noche. Apenas iniciada la conversación, Fidel comenzó a hacer preguntas muy serias sobre el Apocalipsis. El grupo se volteó hacia mí, y ¡me encontré dándole a Castro un curso intensivo sobre la exégesis de mi libro favorito!

 

Escritos

 

Durante la primera mitad de mi ministerio, yo odiaba escribir y odiaba la máquina de escribir. Aplacaba mi conciencia recordando que ni Sócrates ni Jesús publicaron página alguna. Pero Dios cambió eso en mí, primero enviándome una computadora, y segundo, motivándome  a través de René Padilla. Mi primer libro, Las buenas nuevas de la creación, fue publicado por Eerdmans en 1995, seguido por Apocalipsis y profecía, Profecía bíblica y la misión de la iglesia, y Haciendo teología en América Latina (dos tomos). Volumen 1 de mi comentario sobre Apocalipsis salió en 1999, y volumen 4 en el 2014, para un total of 1,600 páginas repletas de exégesis.[v]

 

En el 2006 nuestro hijo Ricardo me sorprendió con un inesperado regalo de navidad: ¡una página web! Mis expectativas eran bajas pero empecé a publicar artículos, y la respuesta fue impresionante. Un amigo me sugirió  ofrecer los artículos por correo electrónico también, y hasta la fecha han respondido 1,500 lectores. Trato de ofrecer un menú balanceado de exposición bíblica, teología, política, protesta, y humor. Algunas otras redes en línea re-publican muchos de mis artículos. Uno de mis proyectos actuales es el Volumen 3 de Haciendo Teología en América Latina, con artículos del blog.

 

La Biblia con que nací sigue entre mis manos, siempre abierta al Apocalipsis. Mi vida ha sido una aventura en interpretación crítica y fiel de las Sagradas Escrituras.

 

                                                                      Ampliado 20 de abril de 2015

 

 



[i] Original; “My Pilgrimage in Mission”, en International Bulletin of Missionary Research. Vol. 38, No. 4, Oct 2014, pp 198-201.  Traducido por Rebeca Stam E.

[ii] Juan Stam, “Ética y estética del discurso teológico”, en Haciendo Teología en América Latina (San José: FTL, 2004), 1:23-45

[iii] Karl Barth, La revelación como abolición de la religión (Madrid: Marova, 1973) trans. of Church Dogmatics, 1/2: para. 17; Sören Kierkegaard, Attack upon Christendum (Boston: Beacon Press 1956).

[iv]  Para más detalles ver "Del SBL a UBL (1970-2010)" en juanstam.doc 6.6.2013.

[v] Los libros son Las buenas nuevas de la creación (Grand Rapids: Eerdmans/Nueva Creación, 1995); Apocalipsis y profecía: La señales del tiempo y el tercer milenio (Buenos Aires: Kairós, 1998); Comentario bíblico iberoamericano: Apocalipsis, 4vols. (Buenos Aires: Kairós, 1999-2014); Profecía bíblica y la misión de la iglesia (Quito: CLAI, 2001); Haciendo teología en América Latina, 2 vols. (San José: FTL, 2004-5).

 

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Cometarios (1)  
Re: Mi vida en misión: un peregrinaje    Por Robert Bueno el 16/05/2015
Apreciado y admirado Juan, tu labor docente ha sido de bendición para nosotros. El Señor te llene de salud y vida junto a Doris.<br>Les quiero mucho.


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